El tiempo es vida o ¿es vida el tiempo? El tren de la vida
El tiempo y la vida se entrelazan como dos caras de la misma moneda; es difícil saber cuál define a cuál. A veces el tiempo nos parece una brújula que mide lo que hacemos; otras, la vida nos muestra que el tiempo sólo adquiere sentido por las historias que vivimos dentro de él. Entre ambos hay un movimiento constante: el tiempo nos atraviesa y la vida lo habita.
¿Cuántos de ustedes han hecho un recorrido en tren? Para mí, viajar en tren tiene un parecido enorme con el transcurso de la vida, es un trayecto en el que subimos sin tener todas las estaciones anotadas, buscamos un lugar junto a la ventana y miramos cómo el mundo cambia con una velocidad variable.
Empecemos: el tren comienza su recorrido. Al principio todo es expectativa, el paisaje queda atrás como recuerdos que se diluyen; al frente aparecen escenarios nuevos que nos convocan. Una montaña que parecía lejana se acerca con paciencia; prados verdes nos muestran caballos libres; los árboles pasan fugaces, marcando el pulso del viaje. A veces el tren disminuye la marcha y entramos en pueblos donde las estaciones hacen su rutina y donde entran nuevos pasajeros y bajan otros.
En la estación sube alguien, conversa a tu lado, comparte un tramo y luego baja; otro sube y repite la escena. Los pasajeros cambian, los diálogos son pasajeros, y con cada rostro se abre una posible historia que apenas roza la nuestra. A lo largo del trayecto aparecen túneles oscuros que provocan un breve silencio interior; al salir a la luz, el paisaje vuelve a explicarse y el pulso se restablece. En ocasiones ves la orilla del mar y la sensación de amplitud; otras, la autopista paralela donde algunos carros te adelantan y otros quedan atrás, recordándote que cada viaje tiene su ritmo.
Finalmente llega el fin del trayecto. Te sorprendes al encontrar a tus padres, tu familia, tus amigos: rostros que te reciben como quien pone punto y seguido a una página y te invitan a seguir celebrando. Te dijeron que te habían estado buscando, que quizá te dormiste en algún sitio y de repente te despertaste. En ese momento, te diste cuenta de que te habías quedado dormido en una silla junto al mar, les dices que habías soñado acerca de un viaje en tren, pero que estabas de vuelta a seguir la reunión. Le cuentas que también soñaste que otros familiares y amigos habían ido a despedirte cuando fuiste a la estación del tren y te dijeron que no te acompañarían en ese momento, pero que los esperaras, que pronto también tomarían el tren.
Si el tren es la vida, viajemos con sana intención, procuremos siempre hacer el bien, elijamos la ventana desde la que queremos mirar, conversemos con quienes merecen ser escuchados, aprendamos a atravesar túneles sin perder la mirada hacia la luz y reconozcamos que bajar del tren no es un final absoluto sino una transición hacia otro trayecto. Porque no se trata de vencer al tiempo ni de dejar que el tiempo nos defina, sino de vivir cada kilómetro con sentido.